El impacto de la COVID-19 ya se puede medir y se seguirá evaluando en el futuro por la alarmante cantidad de personas infectadas, el inaceptable número de muertes y los innegables daños a la economía mundial, la producción, el comercio, el empleo y los ingresos personales de millones de personas. Se trata de una crisis que trasciende el ámbito sanitario.
La pandemia surgió y se propagó en un contexto marcado por profundas desigualdades económicas y sociales dentro y entre las naciones. Con la oleada sin precedentes de migrantes y refugiados, la xenofobia y la discriminación racial han resurgido. Los notables avances de la ciencia y la tecnología, especialmente en el ámbito de la salud, se centran en la industria farmacéutica y la comercialización de medicamentos, en lugar de garantizar el bienestar y la salud de la mayoría de la población.
La COVID-19 ha llegado a un mundo sobrecargado por patrones de producción y consumo, especialmente en los países altamente industrializados y entre las élites de los países en desarrollo, que son insostenibles e incompatibles con el carácter finito de los recursos naturales de los que depende la vida en el planeta.
Antes de que se identificara el primer caso, había 820 millones de personas que padecían hambre en todo el mundo; 2.200 millones de personas sin acceso a agua potable; 4.200 millones sin acceso a servicios de saneamiento gestionados de forma segura y 3.000 millones sin servicios básicos para lavarse las manos.
Este escenario se vuelve aún más inadmisible si se tiene en cuenta que a nivel mundial se gastan anualmente alrededor de 6.700 millones de dólares solo en publicidad, mientras que el gasto militar asciende a 1,8 billones de dólares que son completamente inútiles en la lucha contra la amenaza de la COVID-19, que ya se ha cobrado la vida de decenas de miles de personas.
El virus no discrimina. No distingue entre ricos y pobres. Sin embargo, sus efectos devastadores se multiplican allí donde viven las personas más vulnerables y con menores ingresos: en el mundo pobre y en vías de desarrollo, en los focos de pobreza de las grandes ciudades industrializadas. Su impacto se siente especialmente donde las políticas neoliberales y los recortes en el gasto social han limitado la capacidad de la administración pública del Estado.
La COVID-19 ha cobrado más vidas en aquellos lugares donde se han recortado los presupuestos gubernamentales de salud pública. Ha causado mayores daños económicos en aquellos donde el Estado tiene pocas o ninguna opción para ayudar a quienes pierden sus empleos, cierran sus negocios y sufren la drástica reducción o pérdida de sus ingresos personales y familiares. En la mayoría de los países desarrollados, la tasa de mortalidad es mayor entre los pobres, los migrantes y, en el caso específico de Estados Unidos, entre los afroamericanos y los latinos.
Además, la comunidad internacional debe hacer frente a esta amenaza global mientras la mayor potencia militar, económica, tecnológica y de comunicaciones del mundo implementa una política exterior que busca incitar y promover conflictos, divisiones, chovinismo y posturas supremacistas y racistas.
En un momento en que la lucha mundial contra la pandemia de COVID-19 exige fortalecer la cooperación y el liderazgo de las organizaciones internacionales, en particular las Naciones Unidas (ONU) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), la actual administración estadounidense ataca el multilateralismo y busca desacreditar el liderazgo establecido de la OMS. Además, insiste en su mezquina estrategia de aprovechar las circunstancias para imponer su dominio y atacar a los países con cuyos gobiernos tiene discrepancias.
Algunos ejemplos ilustran esto, como las recientes y graves amenazas militares contra la República Bolivariana de Venezuela y el anuncio, anteayer, por parte del presidente de Estados Unidos, de la Jornada y Semana Panamericana del 14 al 18 de abril, acompañado de declaraciones neocoloniales inspiradas en la Doctrina Monroe contra Venezuela, Nicaragua y Cuba, que recuerdan a la Conferencia Panamericana, condenada hace 130 años por José Martí. Casi al mismo tiempo, pero en 1961, tuvo lugar la invasión de Bahía de Cochinos.
Otro ejemplo es el ataque inmoral y persistente contra los esfuerzos desinteresados de Cuba para ayudar a los países que han solicitado cooperación en la lucha contra la COVID-19. En lugar de promover la cooperación y una respuesta colectiva, altos funcionarios del Departamento de Estado de EE. UU. dedican su tiempo a emitir declaraciones que amenazan a los gobiernos que, ante el drama de la pandemia, ejercen su soberanía y deciden solicitar la ayuda de Cuba.
Los funcionarios estadounidenses están cometiendo un delito a sabiendas cuando, en medio de una pandemia, atacan la cooperación internacional de Cuba, buscando privar a millones de personas del derecho humano universal a los servicios de salud.
La magnitud de la crisis actual nos obliga a cooperar y a practicar la solidaridad a pesar de las diferencias políticas. El virus no conoce fronteras ni ideologías. Amenaza la vida de todos y, por lo tanto, es responsabilidad de todos combatirlo. Ningún país debe creerse lo suficientemente grande, rico o poderoso como para defenderse, aislándose e ignorando los esfuerzos y las necesidades de los demás.
Es urgente compartir y proporcionar información valiosa y fiable.
Es necesario adoptar medidas que permitan coordinar la producción y distribución de equipos médicos, equipos de protección personal (EPP) y medicamentos, con un enfoque justo. Los países con mayores recursos deberían compartirlos con los países más afectados y menos preparados para afrontar la pandemia.
Esa es la postura de Cuba. La modesta contribución de una pequeña nación con recursos naturales limitados, sometida a un bloqueo económico brutal y prolongado. Durante décadas hemos acumulado experiencia en el desarrollo de la cooperación internacional en el ámbito de la salud, como lo reconocen generosamente la Organización Mundial de la Salud y nuestros homólogos.
En las últimas semanas, hemos respondido a las solicitudes de cooperación sin dudarlo y sin tener en cuenta posiciones políticas ni ventajas económicas. Hasta la fecha, se han desplegado 21 brigadas de profesionales sanitarios para sumarse a los esfuerzos nacionales y locales en 20 países, tanto nuevos como para reforzar las brigadas de colaboración médica ya existentes en 60 naciones que ahora se han unido a los esfuerzos para combatir la COVID-19 en los países donde ya prestaban servicios.
También hemos compartido medicamentos producidos en Cuba que, según nuestra experiencia, han demostrado ser eficaces en la prevención o el tratamiento de la enfermedad. Además, nuestros profesionales de la salud han participado en consultas y debates sobre tratamientos específicos para pacientes o grupos de pacientes en varios países, en Cuba y por teleconferencia.
Todas estas acciones se llevan a cabo sin descuidar la responsabilidad de proteger a la población cubana, deber que se cumple rigurosamente a pesar de las enormes limitaciones impuestas por el bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos. Quienes estén interesados pueden consultar los datos que respaldan esta afirmación, ya que son de dominio público. Cualquier persona con un mínimo de sentido común comprenderá que el bloqueo ejerce una presión considerable sobre Cuba para garantizar los insumos y equipos que sustentan el sistema de salud pública y aquellos específicamente necesarios para afrontar esta pandemia.
Un ejemplo reciente fue una donación de ayuda de China que no pudo ser entregada a Cuba porque la empresa transportista alegó que el bloqueo estadounidense prohibía la operación. Al respecto, altos funcionarios del Departamento de Estado de EE. UU. tuvieron el descaro de afirmar que Estados Unidos sí exporta medicamentos y dispositivos médicos a Cuba. Sin embargo, no han podido respaldar esas afirmaciones con una sola transacción entre ambos países.
Es de conocimiento público y está ampliamente comprobado que el bloqueo económico es el principal obstáculo para el desarrollo y la prosperidad de Cuba, así como para el bienestar de los cubanos. Esta dura realidad, debida únicamente a la obstinada y agresiva conducta del gobierno de Estados Unidos, no nos impide brindar nuestra ayuda y solidaridad. No negamos nuestra asistencia a nadie, ni siquiera al país que tanto daño causa a Cuba, si fuera necesario.
Cuba está convencida de que estos tiempos exigen cooperación y solidaridad. Cuba impulsa una iniciativa internacional imparcial que busca desarrollar y compartir los resultados de la investigación científica y las experiencias de diversos países en la prevención de la enfermedad, la protección de los más vulnerables y las prácticas de comportamiento social que contribuyan a acortar la duración de la pandemia y frenar la pérdida de vidas. Cuba cree firmemente que el papel y el liderazgo de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud son indispensables.
Si actuamos juntos, la propagación del virus se detendrá de una manera más rápida y rentable.
Entonces nos veremos obligados a afrontar la crisis económica y social que está provocando la pandemia, cuyas dimensiones nadie se ha atrevido a predecir todavía.
Sin embargo, no podemos esperar a que llegue ese día para aunar esfuerzos y superar los enormes problemas y amenazas que encontraremos en el futuro, así como abordar aquellos que se acumulaban antes de que la pandemia se cobrara las primeras vidas.
Si a los países en desarrollo no se les garantiza el acceso a tecnologías que están disponibles principalmente en las naciones altamente industrializadas, especialmente en el ámbito de la salud, y si no comparten los avances científicos y sus productos de manera desinteresada y sin obstáculos, la gran mayoría de la población mundial estará tan expuesta, o incluso más, que en la actualidad en un mundo cada vez más interconectado.
Si no se levantan las medidas económicas coercitivas con motivaciones políticas contra los países en desarrollo, si no se les exime del pago de la onerosa e impagable deuda externa y se les libera de la implacable tutela de las organizaciones financieras internacionales, no podemos engañarnos pensando que estaremos en mejores condiciones para responder a las desigualdades económicas y sociales que, incluso sin una pandemia, matan a millones de personas cada año, incluidos niños, mujeres y ancianos.
La amenaza contra la paz y la seguridad internacionales es real, y los constantes ataques contra algunos países no han hecho más que empeorar la situación.
Es difícil esperar que el fin de la pandemia conduzca a un mundo más justo, seguro y digno si la comunidad internacional, representada por los gobiernos de cada país, no impulsa la adopción de decisiones que hasta ahora se han mostrado obstinadamente esquivas.
Del mismo modo, surgirán preguntas sobre cuán preparada está la humanidad para afrontar la próxima pandemia.
Aún hay tiempo para actuar y movilizar la voluntad de los responsables. Si lo dejamos en manos de las generaciones futuras, puede que sea demasiado tarde.
La Habana, 16 de abril de 2020

