La alienación: el dolor de todos los trabajadores.

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Cualquier persona consciente de lo que sucede en el mundo, desde los sucesos de su entorno inmediato hasta las fuerzas que impulsan la economía política en uno o varios estados-nación, debe comprender que algo anda mal. Los trabajadores y trabajadoras que se esfuerzan día tras día para subsistir y mantener a sus seres queridos comprenden esta sensación de que algo anda mal de forma particularmente aguda.

Además, nos sentimos separados unos de otros, nos hacen sentir que no podemos confiar ni apoyarnos mutuamente, y de esto se deriva una profunda soledad. Hay algo en el funcionamiento cotidiano de nuestra sociedad que falla, que nos hace sentir insatisfechos, marginados y excluidos de una existencia que, de otro modo, sería más natural y plena.

Este dolor y anhelo ocultos reciben múltiples nombres y supuestas causas, con numerosas “soluciones” ofrecidas, desde antidepresivos hasta coches de lujo y otros bienes que buscan generar una sensación de importancia. La religión institucionalizada ha ofrecido su solución en la iluminación y la salvación que solo las deidades de otro mundo pueden brindar. Sin embargo, para quienes buscan una explicación basada en la realidad material (y al margen de los paradigmas típicos del psicoanálisis y el fetichismo de la mercancía), debemos preguntarnos: ¿cuál es la causa de este sentimiento? Desde una perspectiva materialista, la respuesta sería la alienación.

Alienación: ¿Qué es?

La alienación como concepto marxista se introdujo por primera vez en el primero de los Transcripciones económicas y filosóficas de Marx, titulado Trabajo alienado. La alienación implica que el trabajo del trabajador sea objetivado y externalizado. Esto significa que nuestro trabajo, que es lo que nos define como seres, lo que nos hace ser quienes somos, nos es arrebatado y convertido en objeto de los fines de otro.

La economía política oculta la alienación inherente a la naturaleza del trabajo al no considerar la relación directa entre el trabajador (la fuerza de trabajo) y la producción. Ciertamente, el trabajo produce maravillas para los ricos, pero privaciones para el trabajador. Produce palacios, pero chozas para el trabajador. Produce belleza, pero deformidad para el trabajador. Reemplaza el trabajo por máquinas, pero condena a una parte de los trabajadores a trabajos bárbaros y convierte al resto en máquinas. Produce inteligencia, pero imbecilidad y cretinismo para el trabajador. (Marx, 1844)

Vivimos en una sociedad donde el trabajo de los trabajadores se les arrebata a cambio de una compensación mínima y se transforma en una riqueza, un poder y una extravagancia extremos para una minoría.

Todos somos peones en este juego; todos debemos trabajar, y en el capitalismo, es prácticamente imposible trabajar en otra cosa que no sea al servicio de los capitalistas. Cualquier ilusión de libertad personal se desvanece ante esta realidad económica fundamental, y como resultado, los trabajadores cargan con sus cadenas.

Las tres formas de la alienación

Al describir la alienación del trabajador respecto a su producción, Marx distingue tres formas: la alienación respecto del producto, la alienación respecto de la producción y la alienación entre los trabajadores.

Esto significa que tenemos poco o ningún control sobre lo que fabricamos, los procesos en los que lo hacemos y, al final, se nos obliga a ver a los demás trabajadores como competidores, como ajenos a nuestras experiencias y, por lo tanto, con quienes no podemos identificarnos. El trabajador de la planta de una fábrica de automóviles, por ejemplo, no puede irse a casa conduciendo uno de los muchos coches que ha ayudado a fabricar ese día. Nadie escuchará su opinión sobre cómo debería hacerse el proceso (aunque tenga un plan brillante para aumentar la producción). Es, al igual que los robots mecanizados que cada vez se utilizan más para realizar trabajos que antes hacían otros trabajadores, una herramienta de quienes controlan la fábrica, quienes controlan la propiedad productiva. Además, para asegurarse de conservar su empleo (que probablemente se subcontratará a un país donde la mano de obra se puede explotar más barata), el trabajador debe mantener una actitud competitiva con sus compañeros.

Alienación viviente

A cualquier persona trabajadora le resulta fácil recordar momentos en los que se ha sentido alienada en el trabajo y en su vida cotidiana. Estos sentimientos se manifiestan de diversas maneras, ya que se ofrecen distintas respuestas a la pregunta fundamental: "¿Qué ocurre?". Desde respuestas espirituales y religiosas hasta respuestas políticas y económicas, se escuchan de innumerables fuentes supuestas curas para esta alienación. Sin embargo, a pesar de todas estas respuestas, nada parece cambiar realmente el origen de este dolor. Lo que cambia es nuestra percepción del mismo.

La alienación de las personas en la sociedad ha dado origen a numerosos males sociales. El consumo de drogas, por ejemplo, puede entenderse como un intento de "automedicación" por parte de quienes se sienten alienados, quienes deben alterar su consciencia mediante sustancias químicas para sobrellevar el dolor cotidiano. El patriarcado, la alienación entre hombres y mujeres, también puede entenderse como consecuencia de la dominación que ambos sufren en el ámbito de la economía política. El individualismo, la priorización del yo por encima de los demás, es la conclusión lógica de la alienación entre trabajadores. Todos estos males, fetichizados en el capitalismo a través de los medios de comunicación y la estructura social, tienen un origen común y ofrecen una solución milagrosa para nuestros problemas.

La necesidad del capitalismo de división, burla y angustia.

Esta sombría situación de sufrimiento sin tregua es una ventaja crucial para quienes ostentan el poder. Los trabajadores alienados se sienten impotentes y solos, no porque lo sean realmente, sino porque la idea de que no lo sean resulta letal para la burguesía. Consideremos que todos los avances de la civilización moderna, todas las comodidades, la innovación científica, la construcción de grandes ciudades y el florecimiento de la industria, todo lo que eleva a nuestra sociedad por encima de las penurias y tribulaciones de las sociedades primitivas, son producto del trabajo. No son los ricos quienes construyen estas carreteras, edifican estos rascacielos, cultivan nuestros alimentos. No es la burguesía quien fabrica productos, presta servicios y sostiene nuestra sociedad. Es el trabajo diario del pueblo quien hace posible todo esto.

¿Y si los trabajadores comprendieran el genio de su propia producción, el inmenso poder que ejercen sobre el trabajo, el vasto ejército de individuos cuyos intereses comunes pueden unirlos contra unos pocos parásitos que los alienan para su propio beneficio? ¿Y si los artífices de la sociedad contemporánea decidieran que los productos de su trabajo les pertenecen realmente, y que una miseria por su labor no es suficiente? Si esta conciencia se alcanzara y se pusiera en práctica, el castillo de naipes del capitalismo se derrumbaría, dejando a los trabajadores la tarea de construir una nueva sociedad centrada en sus intereses colectivos.

Socialismo: Libertad para producir, libertad de la alienación.

Esta sociedad es lo que llamamos socialismo. Los trabajadores, bajo la dictadura del proletariado, ya no están alienados de los productos de su trabajo ni del proceso productivo en sí. En cambio, deciden qué se produce, cómo se produce, y los beneficios de esta producción se extienden a todos los que trabajan para esta sociedad. Asimismo, los diversos mecanismos sociales que se utilizan para alienar a los trabajadores entre sí se eliminan mediante una combinación de educación y obsolescencia. Los trabajadores ya no tienen que competir por puestos al servicio de un jefe en un mercado laboral; en cambio, sus habilidades se buscan y se integran en un sistema de producción organizado en torno a las necesidades de la mayoría, no a los intereses económicos de unos pocos. Las tres manifestaciones de la alienación se han combatido eficazmente en este nuevo orden social al empoderar a los trabajadores con aquello a lo que siempre tuvieron derecho: los productos de su propio trabajo.

Conclusión: La guerra contra la alienación es la guerra de clases.

Cuando uno se siente perdido en esta sociedad, cuando se siente impotente, infravalorado y privado de su identidad y pertenencia, es importante comprender que nunca está solo. Los trabajadores tienen a su disposición la fuerza y el talento para construir un mundo desde sus cimientos. No es culpa de los trabajadores sentirse marginados e indefensos, sino de un sistema político y económico más amplio que los hace sentir así para su propio beneficio. La solución a este problema reside en la unión de las energías y la comprensión de los trabajadores para lograr su propia liberación. La lucha de clases es la lucha contra nuestra propia alienación y represión, y es a través de vuestra fuerza que se ganará.






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