Por Jay Naidoo
Los sudafricanos necesitan mantener la calma para analizar las causas de la masacre de 44 trabajadores y policías en la mina de Marikana. La comisión judicial de investigación designada por el presidente Jacob Zuma podría esclarecer los hechos.
Pero debemos ir más allá de quién disparó primero. Reconstruir la confianza requerirá un esfuerzo constante por parte de todos. Se trata de una disputa compleja que constituye un microcosmos político de la sociedad sudafricana.
La pregunta crucial es: ¿cómo pudo ocurrir esto en 2012, 18 años después del inicio de nuestra democracia y en el centenario de la fundación del Congreso Nacional Africano? El fiasco de Marikana es una muestra del fracaso del liderazgo por parte de todos.
En Sudáfrica crece la efervescencia social. Los habitantes de nuestros barrios marginales, zonas rurales y asentamientos informales están resentidos porque la democracia no ha logrado ofrecer los beneficios que ven disfrutar a una pequeña élite. Muchos líderes a quienes antes veneraban han abandonado sus barrios marginales para adoptar el estilo de vida ostentoso, antes exclusivo de los barrios residenciales blancos. Hace tiempo que perdieron el contacto con el descontento que se gesta en la sociedad.
Para colmo, una nueva élite de intermediarios, sin escrúpulos, corrompe a funcionarios estatales y roba licitaciones y licencias. Encubren su delito de saqueo de las arcas públicas con una retórica populista y militante que exacerba aún más la ya difícil situación. Sin embargo, conectan con la creciente clase baja.
Existe una indignación y un malestar legítimos ante la obscenidad de las desigualdades económicas. Los pobres saben perfectamente que son carne de cañón electoral. A medida que crece un nuevo apartheid, los horrorizados ciudadanos de Sudáfrica se preguntan: "¿Por qué somos una sociedad tan violenta?".“
Ante la ausencia de una organización política sólida y legítima, las comunidades ven la violencia como el único lenguaje que los líderes escucharán. Es un círculo vicioso en el que personas pobres y olvidadas incendian cualquier institución que represente al Estado, ya sea una escuela, una biblioteca o un edificio público.
Una fuerza policial militarizada, excesivamente armada y mal entrenada se moviliza como ariete para la imposición de políticas. Pero un enfoque estricto de ley y orden no funcionará en este contexto tan desalentador.
El crecimiento del cinturón de platino en la provincia Noroeste, donde se ubica Marikana, creó una oportunidad para desarrollar las nuevas ciudades no raciales del futuro. En cambio, observamos la proliferación de asentamientos informales, divisiones raciales y la planificación espacial propia del pasado del apartheid en Sudáfrica.
Con la llegada masiva de solicitantes de empleo de todo el país, la competencia por los escasos recursos era inevitable. Ignoramos el creciente descontento en el seno de nuestra economía.
Lonmin parece haber ignorado por completo las condiciones de vida de sus trabajadores. Esto sirve como recordatorio para los líderes empresariales de que la estabilidad social debe formar parte de la agenda empresarial. No se puede delegar en los gobiernos locales ni en los líderes políticos.
Marikana es una llamada de atención que los líderes sindicales, políticos y empresariales deberían tener en cuenta. Las minas de platino extraen un metal precioso, mientras que muchos de sus trabajadores viven en asentamientos informales con servicios mínimos.
Hoy en día, 15 millones de sudafricanos solo se salvan de la hambruna gracias a las ayudas sociales que reciben cada mes. En un contexto de desempleo estructural generalizado, el trabajador promedio mantiene hasta ocho personas con el salario mínimo neto.
Según las cifras de la encuesta de fuerza laboral, el 50 por ciento de todos los trabajadores ganan menos de R3.000 al mes ($350). Muchos de estos trabajadores son el único sustento económico de sus hogares.
El pueblo sudafricano está harto de las excusas de nuestros líderes. Quieren soluciones, no más grupos de trabajo, declaraciones políticas ni conferencias. Quieren acciones que mejoren la vida cotidiana, que lleven agua y libros de texto a las escuelas y medicamentos a nuestros centros de salud.
La indignación genuina en la sociedad necesita una solución política genuina.
La mayoría de los sudafricanos cree que tenemos la oportunidad de construir un modelo de inclusión social y desarrollo. Las lecciones aprendidas en Marikana deberían guiarnos hacia decisiones difíciles que prioricen los intereses de las personas.
Lograr que todo el país vuelva a la normalidad laboral y encaminarse hacia una democracia exitosa después de una catástrofe como la de Marikana es la prueba definitiva para cualquier liderazgo político.
Jay Naidoo fue el secretario general fundador del Congreso de Sindicatos Sudafricanos y ministro en el gabinete del presidente Nelson Mandela. Una versión de este artículo se publicó en el Financial Times de Londres.

