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Colombia entre la guerra y la pandemia

16 – 24 minutos

A continuación, el Partido Comunista de Colombia (ML) presenta un análisis detallado de la situación actual en Colombia, sus orígenes y el asesinato masivo de activistas sociales por parte del gobierno, que se está intensificando a raíz de un movimiento popular en las calles.

Introducción

A finales del primer trimestre de 2021, la situación política nacional se caracterizó por diversos rasgos que suscitaron un intenso debate nacional, dada la gran trascendencia de las propuestas presentadas hoy para el presente y el futuro del país. Cabe destacar que atravesamos un periodo complejo y difícil, marcado por la crisis y las políticas neoliberales y profascistas del régimen. La pandemia del SARS-CoV-2 se propaga a un ritmo acelerado, causando estragos en un país que, a su vez, sufre las consecuencias de la violencia, las disputas territoriales, la corrupción y el narcotráfico, así como la actuación antipatriótica de un gobierno populista y antidemocrático, vendido a los monopolios y a la banca internacional.

La disminución de 6,81 billones de pesos colombianos en el PIB en 2020 refleja la profunda crisis económica que atraviesa el país, acelerada significativamente por la pandemia del coronavirus. Pero también es producto de la desastrosa aplicación de políticas neoliberales, el aumento de la deuda externa, el compromiso del Estado con las políticas del FMI, la reducción del gasto social, el desempleo y la pobreza de millones de colombianos.

La crisis social y política, expresada no solo en los altos niveles de desigualdad, trabajo informal (48,21% de la población empleada) y miseria de la mayoría de la población colombiana, sino también en el endurecimiento de un régimen autoritario y profascista, que se caracteriza y perfila en el gobierno de Iván Duque Márquez, como un actor inveterado, represivo y antidemocrático al servicio de los monopolios y la banca internacional.

En materia laboral, las cifras son bastante preocupantes. La tasa de participación en la fuerza laboral fue de 51,71 TP3T en febrero de 2021, 4,11 TP3T menor que la registrada en febrero de 2020 (55,81 TP3T). Por lo tanto, el subempleo y el desempleo aumentaron, alcanzando 11,11 TP3T y 15,91 TP3T respectivamente en febrero de 2021. Una lectura cuidadosa y objetiva de las cifras muestra que el número de personas sin trabajo en Colombia está creciendo, y el número de personas que carecen de los recursos necesarios para vivir dignamente también está creciendo. En respuesta y bajo la excusa de enfrentar los efectos económicos de la pandemia, el gobierno colombiano considera prioritario desarrollar múltiples acciones dirigidas a proteger a las grandes empresas, bancos e inversionistas dentro de un marco de fortalecimiento de la subcontratación y mayor flexibilidad de los contratos y las relaciones laborales. Junto con los efectos devastadores de la pandemia en el empleo, el trabajo desde casa, el teletrabajo, las tecnologías digitales, el uso de nuevos sistemas de telecomunicaciones y transporte, así como la automatización de procesos, se están abriendo paso en diferentes niveles, introduciendo nuevas características en el mercado laboral.

Otro rasgo importante de la situación nacional es el creciente descontento y la movilización social que se observa en las continuas acciones de lucha de los trabajadores, las mujeres y los jóvenes contra el gobierno, los monopolios y los bancos, y su agresiva política de superexplotación, bajos salarios, impuestos y/o gravámenes fiscales más elevados, privatización y reducción del gasto público.

Se están preparando nuevamente las grandes movilizaciones por la salud y una atención médica digna, un ingreso básico, la defensa de los trabajadores, el aumento de los salarios y el NO a las reformas fiscales, laborales y de pensiones., destacando el llamado a una huelga nacional para abril 28 llevada a cabo por el Comando Nacional Unitario, las federaciones de trabajadores, FECODE, el Sindicato de Trabajadores y muchas otras organizaciones del país.

En el plano político, destacamos los procesos unitarios de carácter popular a nivel nacional con miras a enfrentar el uribismo en la contienda electoral de 2022. Los intentos por establecer un Pacto Histórico de los sectores de izquierda, progresista, democrático y popular que permita a la ciudadanía actuar de manera unificada, tanto en las elecciones legislativas como presidenciales y vicepresidenciales, resaltan los importantes avances que se están logrando hoy con miras a conformar un frente amplio y enérgico contra la corrupción y la actual antidemocracia en Colombia.

Ante este panorama, en esta ocasión nos centraremos en dos problemas importantes que afectan a la sociedad colombiana y que atraen constantemente la atención internacional: la pandemia del coronavirus y el recrudecimiento de la guerra en nuestro país, dada la intensificación de los enfrentamientos militares, el asesinato de líderes y defensores de los derechos humanos, las masacres y los desplazamientos forzados.

En futuras ediciones de nuestra revista abordaremos otros temas de interés sobre los que, sin duda, reflexionarán los revolucionarios y los demócratas, así como el fortalecimiento de los procesos de cambio en América Latina y el mundo.

I

La pandemia del coronavirus y sus efectos en Colombia

El 5 de marzo de 2020, Colombia confirmó su primer caso de coronavirus y, desde entonces hasta el 8 de abril de 2021, se han reportado 2.492.081 personas con el virus en el país, de las cuales 2.355.832 se han recuperado; mientras que 65.014 han fallecido.

En todo el mundo, la enfermedad ha causado al menos 2.894.531 muertes desde su aparición en diciembre de 2019.

En el primer año de la pandemia, Colombia registró dos curvas o picos epidemiológicos. El primero se produjo el 19 de agosto de 2020, día en que se confirmaron 13.056 casos de la enfermedad, y el segundo llegó el 15 de enero de 2021, tras reportarse 21.078 contagios. Al 7 de abril, se registró un tercer pico epidemiológico en la mayor parte del territorio nacional, mucho más grave e intenso que los anteriores, con 12.464 nuevos casos, 247 fallecimientos y 62.688 casos activos, lo que ha provocado el colapso del sistema de salud a nivel nacional.

La seroprevalencia o nivel de infección de Covid-19 en Colombia es un promedio de 40%, es decir, 60% de la población aún serían susceptibles de infectarse con el virus.

Respecto al plan de vacunación, las voces oficiales señalan que Colombia, a través de mecanismos bilaterales y multilaterales, aseguró a sus ciudadanos las dosis de vacuna contra la COVID-19 necesarias para reducir la mortalidad y la incidencia de casos graves de este virus, proteger al personal sanitario y disminuir la infección para construir la inmunidad colectiva recomendada por los expertos. En este sentido, se han podido adquirir 20 millones de dosis para 10 millones de colombianos a través de Covax (Acceso Global a las Vacunas contra la COVID-19) y, mediante mecanismos bilaterales, 46,5 millones de dosis para 27.750.000 personas. El gobierno afirma que de esta manera se han alcanzado 66,5 millones de dosis para 37.750.000 personas que serán vacunadas en 2 fases y 5 etapas, priorizando a los grupos de riesgo y progresivamente hasta alcanzar el número objetivo de colombianos vacunados.

En este sentido, nos vemos obligados a evaluar permanentemente la evolución de esta pandemia y las políticas adoptadas por el Estado y sus diversos actores para afrontarla. Desde esta perspectiva, el mundo sufre sin duda una pandemia de grandes proporciones que afecta profundamente el presente y el futuro de la humanidad.

En términos generales, la pandemia puso al descubierto la profunda crisis capitalista que se vive actualmente en el mundo, las grandes debilidades de los Estados y los sistemas de salud, las desigualdades sociales y el empobrecimiento de gran parte de la población, además de la ausencia de políticas que prioricen el bienestar humano. Hasta la fecha, la llegada y evolución de la pandemia han revelado la acción de un nuevo factor que perturba la salud y la vida social, y pone a prueba el papel de los Estados y de los distintos actores sociales.

Así pues, resulta evidente que las vacunas son un éxito y un paso adelante; además, representan un importante esfuerzo científico que, en el contexto actual, se ve seriamente limitado por las políticas aplicadas por los Estados interesados en contener los efectos económicos y sociales de la pandemia. Ante todo, priorizan los intereses, es decir, los bienes, los mercados, las inversiones y los beneficios de los capitalistas a quienes representan. En este sentido, el fuerte mercado de vacunas, impulsado principalmente por las farmacéuticas y los Estados imperialistas, no puede analizarse a la ligera sin comprender las contradicciones y luchas presentes en la sociedad capitalista del siglo XXI. Las grandes diferencias en la tasa de vacunación entre países se observan en este contexto: solo una pequeña parte del planeta tiene asegurada su vacuna, mientras que la mayoría de la población difícilmente podrá vacunarse a corto plazo. En efecto, como ha ocurrido en otras ocasiones, todo el mercado de vacunas, además de ser un instrumento de subordinación y protección de intereses, se ha convertido en un incentivo para exacerbar la crisis y las contradicciones sociales del sistema capitalista. Por nuestra parte, trabajaremos incansablemente para que en nuestros países la lucha de los pueblos encabece la causa de las vacunas contra la Covid-19 como un bien público mundial que permita la inmunización de la humanidad contra este virus mortal.

En cuanto a Colombia, seguiremos insistiendo, junto con los demás actores del ámbito popular, en exigir que el gobierno acelere el plan nacional de vacunación, la adopción de una renta básica y una mayor y más urgente inversión social en el marco de un plan consensuado con los representantes de las comunidades, los sindicatos y las organizaciones sociales del país que permita la reactivación del empleo, la protección de la infraestructura nacional y el fortalecimiento y la expansión del sistema de salud en el país.

II

El drama humanitario que está sufriendo Colombia

En Colombia la noche horrible no ha cesado. Es una verdad que los colombianos confirmamos con fuerza cada día al observar el recrudecimiento de la guerra y, sobre todo, el continuo asesinato de líderes sociales, las masacres y el desplazamiento de miles de nuestros compatriotas, cifras realmente impactantes.

La nueva espiral de violencia registró en 2020 91 masacres con 381 víctimas. En lo que va de 2021, ya se han cometido 26 masacres con 95 víctimas. En cuanto a los asesinatos, las cifras de 2020 hablan de 310 líderes sociales y defensores de los derechos humanos asesinados. En lo que va de 2021, ya se han asesinado 16 líderes.[1], que muestran la repetición de un nuevo ciclo de violencia, principalmente en aquellas áreas consideradas estratégicas o en disputa, ya sea por su poder económico, el desarrollo de obras de infraestructura, la explotación de oro y otros recursos naturales, cultivos ilegales (principalmente producción de coca y marihuana), o porque son zonas de tránsito o limitan con otros países.[2] El norte y suroeste del Cauca, el bajo Cauca y el norte de Antioquia, el Pacífico Chocoano, Valluno y Nariño, Putumayo, Meta, Arauca y la zona del Catatumbo en el norte de Santander son las áreas de mayor violencia, lo que confirma que este es un fenómeno que atraviesa y afecta a toda la geografía nacional. 

Líderes sociales y defensores de los derechos humanos asesinados en Colombia desde la firma de los Acuerdos de Paz.

Líderes sociales y defensores de los derechos humanos asesinados en Colombia bajo el gobierno de Duque entre el 7 de agosto de 2018 y el 15 de diciembre de 2020.

Estas cifras recogidas por el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (INDEPAZ) al 30 de marzo de 2021, y difundidas a nivel nacional e internacional, muestran el enorme drama humanitario que se vive en nuestro país, que, como se ilustra en el gráfico, son las comunidades y los sectores populares más afectados que realmente sufren los horrores de la guerra, contrariamente a los numerosos comentarios en algunos medios que consideran a los dueños de negocios, ganaderos y terratenientes como las principales víctimas, quienes, según ellos, han tenido que abandonar el país, armarse o asegurar sus negocios para seguir sobreviviendo.

Personalidades del sector social, líderes y defensores de los derechos humanos, asesinadas entre el 24 de noviembre de 2016 y el 15 de diciembre de 2020.

Lo anterior no es casual; refleja una ofensiva ideológica, cultural y política basada en falsas consideraciones y hechos (noticias falsas), que estimulan y sustentan el fanatismo, el sensacionalismo, la demagogia y el populismo que caracterizan el discurso y las campañas de las clases dominantes y sus partidos en Colombia. Esto se ejemplifica con las actividades realizadas antes del plebiscito para ratificar los acuerdos de paz en octubre de 2016, luego la campaña electoral que permitió a Duque ganar la presidencia en 2018, la pandemia del coronavirus y la creciente confrontación con la hermana Venezuela. En este contexto, es común encontrar líderes plenamente acostumbrados a engañar a las masas, así como a legitimar los intereses y el poder dominante.

[Comentarios sobre el asesinato de defensores y líderes de los derechos humanos]

En 2020, más de 291 líderes sociales fueron asesinados. Esta tendencia de asesinatos no disminuyó y la cifra se acerca a la de 2018.

Se produjo un descenso en el número de municipios (de 114 en 2018 a 114 en 2020), lo que demuestra la retirada de algunos grupos armados, la estabilización de los conflictos en otros y la inexistencia de dinámicas de expansión significativas.

Las situaciones más críticas se produjeron en el norte y suroeste del Cauca, Bajo Cauca y al norte de Antioquia, en el Pacífico Nariño, Putumayo y Catatumbo.

En estas zonas, continúa la recomposición del control territorial y los conflictos entre diversos grupos en relación con los ingresos procedentes del narcotráfico, la minería de oro, el tráfico de madera, el excedente de valor de los megaproyectos y las obras de infraestructura, la apropiación de tierras y la distribución del poder político.

Los promotores de estos conflictos en territorios críticos son complejos grupos y redes macrocriminales que operan en negocios legales e ilegales, con empresas que blanquean el enriquecimiento ilícito y cómplices/socios establecidos en instituciones estatales.

Los grupos armados neoparamilitares y narcoparamilitares forman parte de estos macrogrupos criminales que se reproducen por asociación y junto con los grupos legales.

Quienes se han rearmado en el período posterior al acuerdo, en su mayoría, están dedicados al conflicto por estos ingresos, tratando de reconstruir las economías y los controles que antes tenía el EP de las FARC.

En aproximadamente 45% de los casos, los pistoleros que matan a los líderes sociales están vinculados a los narcoparamilitares y a los grupos que quedaron después del acuerdo; los otros 55% están compuestos por asesinos no identificados, muchos de ellos al servicio de las mafias (35% del total); el ELN, disidentes de las FARC EP y la policía y las tropas.

El Estado y el gobierno son responsables de estos persistentes actos de violencia por su inacción, sus acciones perjudiciales y su complicidad a distintos niveles.

La inacción consiste en la debilidad de una presencia coordinada, rápida y suficiente en las regiones más afectadas por la violencia armada y los conflictos posteriores al acuerdo; la principal inacción ha sido la falta de implementación de reformas sociales, políticas y de seguridad, en particular reformas rurales integrales, sustitución planificada, reformas políticas y garantías de seguridad,

La acción perjudicial en los territorios críticos y en general se manifiesta en la sustitución de una política de seguridad para la paz por otra de seguridad para una nueva guerra contra las drogas/el terrorismo.

La complicidad a distintos niveles se evidencia en la connivencia de los poderes políticos, clanes y mafias con las actividades armadas. La captura de las instituciones se manifiesta, entre otras cosas, en la corrupción y en la recomposición de las fuerzas armadas mediante estrategias bélicas contrarias a la transición hacia la paz.

El conflicto colombiano

Como una cruda verdad, compartimos los estudios recientes de INDEPAZ.[3] que confirman a Colombia como un país con un conflicto interno muy antiguo, que crece y se renueva en medio de un contexto tumultuoso de crisis y conflictos interburgueses por el control de las ganancias, los recursos naturales y las áreas estratégicas. Es un conflicto en contenido y forma, con dimensiones y/o particularidades que lo caracterizan y lo muestran diferente del tipo de conflicto que se vio en el país en años anteriores. En términos concretos, el conflicto colombiano hoy ya no es una confrontación entre el Estado y sus fuerzas armadas por un lado, contra fuertes contingentes militares u organizaciones que apuntan al poder socialista como alternativas al sistema imperante. Por el contrario, la situación es la de una confrontación abierta y brutal entre el Estado por un lado, con un grupo de organizaciones de resistencia que están decididas a oponerse al régimen y al gobierno y abogar por la negociación política; y por otro lado, con decenas de unidades militares y proyectos principalmente de carácter económico, sin perspectiva ideológica ni unidad, caracterizados por su bajo perfil político, disputas territoriales, vinculados al crimen, al narcotráfico y a mercenarios al servicio del ejército burgués, predominantemente con la ausencia de proyectos sociales colectivos.

En el marco del conflicto, irrumpen otros tipos de confrontaciones, impulsadas principalmente por sindicatos, líderes sociales, defensores de los derechos humanos y diversas organizaciones sociales y comunitarias que rechazan la explotación, la pobreza, la corrupción y el abandono estatal. Se trata de las confrontaciones del Estado con los trabajadores y las comunidades organizadas que se alzan en defensa de la vida, la soberanía, la ecología y el medio ambiente, la autonomía de las comunidades y la defensa de los derechos y libertades ciudadanas. Este tipo de confrontación complejiza el panorama y evidencia, tanto en sus causas como en sus manifestaciones, el conflicto como un fenómeno económico, social, político y armado con profundas raíces en el país.

La paz es un gran deseo popular.

Como hemos señalado en numerosos escritos, la paz no es una fantasía y no puede seguir tratándose principalmente como un asunto militar que solo requiere actores armados. Años de lucha y toda la experiencia adquirida demuestran que esta perspectiva es errónea y exige un cambio político que trascienda la visión moralista y religiosa de quienes conciben el conflicto como una confrontación entre el bien y el mal. Por nuestra parte, lo hemos abordado desde una visión evolutiva, integral, multifacética y amplia del conflicto, que exige la reflexión sobre su historia, sus raíces y sus múltiples expresiones, sin perder de vista el contexto y las características de nuestra formación socioeconómica. El futuro del Estado y las políticas económicas, sociales, políticas y militares que se han implementado durante más de 70 años de confrontación, así como todas las fuerzas sociales inmersas en ella, también apuntan a ciertos valores, imaginarios, desafíos y comportamientos. Esa visión, la que está en juego hoy, es la que ha permitido a la izquierda y a los sectores progresistas y democráticos considerar que los acontecimientos del conflicto hasta la fecha tienen sus causas estructurales en la fuerte dependencia, la exclusión económica y social, el flagrante rechazo de los derechos ciudadanos y las libertades políticas.

Consideramos que el conflicto actual, en todos sus detalles, requiere un análisis que permita no quedarse en la superficie, promoviendo políticas que ya han demostrado ser ineficaces, como las políticas de bienestar social, o aquellas promovidas por los partidarios de las soluciones militares, o también aquellos que insisten en negociar y distribuir cargos y presupuestos estatales, negando que el conflicto en el país tenga causas estructurales subyacentes.

El fracaso del proceso de paz

El fracaso del “Acuerdo para la terminación definitiva del conflicto”, firmado por el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP el 26 de septiembre de 2016, es claro y evidente. Por un lado, porque los acuerdos solo se han implementado 16%, según un análisis del propio Partido de las Comunas (nombre del partido de las FARC desmovilizadas), y por otro lado, porque el conflicto no ha desaparecido y mucho menos el Estado ha declarado el abandono de su política belicista, de lucha contra el enemigo interno, que según sus portavoces incluye una amenaza terrorista para la sociedad colombiana. Además, en varias regiones se está llevando a cabo un esfuerzo por exterminar a los excombatientes, lo que cierra las puertas a cualquier reconciliación o solución negociada al conflicto.

En cuanto al propio Acuerdo de Paz, creemos que tampoco se deben tener muchas expectativas, porque si bien habla del fin del conflicto, su verdadero propósito era solo acordar con el gobierno y el Estado colombianos la reincorporación a la vida civil de una fuerza que cree que el cambio social que proclamaron en su programa de democracia avanzada no podía lograrse mediante la acción armada.

Compartimos asimismo la opinión de algunos analistas que señalan que el Acuerdo, como Carta de Buenas Intenciones, ignora el equilibrio de fuerzas existente y necesario para las reformas que propone, así como las normas para el ejercicio del poder y la acción política en Colombia.

Por otra parte, es necesario considerar en la vigencia de las Comunas errores y malentendidos respecto al Acuerdo y su viabilidad, tales como:

• El orden económico, político y jurídico del país está intacto y no necesitaba cambios; por el contrario, tenemos una democracia y una Constitución que requiere algunos retoques o reformas profundas que permitan al Estado acercar a los ciudadanos, salvar miles de vidas, fomentar la reconciliación y crear el bienestar social necesario que haga innecesaria e inútil la confrontación social y política.

• La causa del conflicto interno que azota al país radica en el campo y se deriva fundamentalmente de un conflicto por la tierra, donde, por un lado, se evidencia la falta de protección y el abandono del medio rural y, por otro, la confrontación entre el campesinado, los terratenientes y el Estado por las tierras y los ingresos que se obtienen en el mercado rural. La estrategia de programas de desarrollo con enfoque territorial (PDET) para 15 años, incluida en el Acuerdo para aproximadamente 170 municipios del país, se basa en la premisa de que estos programas permitirán erradicar los cultivos ilegales, la pobreza, la violencia y el abandono estatal en regiones importantes del país.

• El concepto de justicia transicional como un conjunto sistemático de reglas ya elaboradas y con identidad propia en la doctrina jurídica internacional, orientado específicamente a garantizar los derechos a la verdad, la justicia y la reparación para las víctimas. Desestimar la justicia transicional como una cuestión en construcción, en la que la definición de los objetivos y reglas tanto sustantivos como procesales depende del equilibrio y los factores de poder, constituye un grave error; además, el Acuerdo omite e ignora por completo la naturaleza combativa de la guerrilla, la legítima defensa y la rebelión como derechos políticos.

Creemos que todas estas omisiones, errores, ambigüedades y, principalmente, la negativa del Estado y del gobierno actual a cumplir con el Acuerdo son lo que ha provocado que este penda de un hilo, lleno de conmociones e incertidumbre, especialmente para los excombatientes y las comunidades cercanas a la extinta guerrilla de las FARC-EP.

Teniendo en cuenta los hechos y las limitaciones existentes, destacamos los esfuerzos de las comunidades y organizaciones sociales y políticas del país que han salido en defensa de los acuerdos de paz, exigiendo que el gobierno, además de cumplir con estos acuerdos, castigue a los responsables de crímenes atroces y crímenes de lesa humanidad, realice una mayor inversión social, proteja a las víctimas y respete los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

En esa misma línea, vemos esta oportunidad para expresar nuestro rechazo y condena al asesinato de 1.134 líderes y defensores de los derechos humanos en el país, así como de los 263 firmantes del acuerdo de paz asesinados desde la firma de los acuerdos hasta el 30 de enero de 2021. Exigimos que el Estado y los tribunales internacionales castiguen debidamente estas violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario.

Como luchadores por el cambio y la paz con justicia social, reiteramos nuestro llamamiento a todos los revolucionarios, demócratas y partidarios del progreso social para que promuevan esfuerzos conjuntos para lograr un gobierno democrático y popular que garantice la paz con justicia social, la democracia, el bienestar y la construcción de la nueva patria soberana.

Partido Comunista de Colombia Marxista-Leninista

Comité Ejecutivo Central

Colombia, abril de 2021


[1] http://www.indepaz.org.co/wp-content/uploads/2021/04/Informe-Li%CC%81deres.pdf

[2] http://www.indepaz.org.co/wp-content/uploads/2021/03/Cartilla-sistematicidad-con-ISBN-comprimido-1.pdf

[3] http://www.indepaz.org.co/wp-content/uploads/2020/12/Informe-Especial-asesinato-li%CC%81deres-2016-2020-L-15-12-20-Final.pdf






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