Las consecuencias de las elecciones subrayan la necesidad de una democracia real para la clase trabajadora.

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El 3 de noviembre y en los días siguientes, Joe Biden y Kamala Harris, del Partido Demócrata, se alzaron como vencedores de las elecciones presidenciales de 2020. Sin embargo, a pesar de la participación récord, en medio de una pandemia histórica, la paz y la tranquilidad brillan por su ausencia en Estados Unidos. Incluso antes de que se anunciaran los resultados, la campaña de Trump emitió declaraciones contradictorias según los resultados en los distintos estados. Donde Trump aventajaba por un estrecho margen a Biden, el clamor conservador era "¡Detengan el recuento!", y donde Trump había sido derrotado, como en Wisconsin, él y su equipo exigieron un recuento. Estas demandas del Partido Republicano se basan en la acusación de "fraude electoral", un argumento recurrente entre los conservadores, utilizado tanto para justificar la aprobación de leyes restrictivas de identificación de votantes como para negar derrotas humillantes en el voto popular, como se vio en las elecciones presidenciales de 2016 y 2020. A pesar de los esfuerzos del equipo legal de Trump, las autoridades electorales independientes no han encontrado indicios de fraude electoral. 

Los partidarios de Trump necesitan sus afirmaciones para avivar su fervor, ya que solo mil de ellos se presentaron en la Casa Blanca al día siguiente de las elecciones en señal de solidaridad, y la "Marcha del Millón de MAGA" celebrada el 14 de noviembre atrajo a apenas 5.000 participantes en lugar del millón previsto. Pero, dejando de lado estas marchas poco multitudinarias y que desafiaron las medidas sanitarias, ¿qué ha hecho Trump ante su derrota? El secretario de Estado, Mike Pompeo, al ser preguntado si el Departamento de Estado ayudaría al equipo de Biden en la transición presidencial, respondió: "Habrá una transición sin problemas hacia una segunda administración Trump". Además de sus comentarios indignados, Trump también ha destituido a su secretario de Defensa por razones no reveladas, todo lo cual podría ser indicativo de una sesión legislativa saliente caótica y disruptiva que hará todo lo posible por obstruir y retrasar la llegada de la administración elegida por mayoría popular. 

Así pues, para los trabajadores estadounidenses ha quedado dolorosamente claro, en este nuevo repunte de la COVID-19, que el espectáculo de las elecciones burguesas ya no puede tolerarse.

¿Y cómo ha cortejado el presidente electo al público tras su victoria electoral? Después de ser declarado ganador virtual por la mayoría de los analistas, Joe Biden pidió un “tiempo de reconciliación” y el cese de la “retórica divisiva”, todo similar a cualquier otro triunfo demócrata en el que han intentado conciliar y complacer de inmediato al Partido Republicano, cada vez más reaccionario. Pero la retórica no ha sido la única bandera blanca izada por este mal menor. Al conformar su gabinete, Biden y su equipo no perdieron el tiempo en negarles puestos a los líderes progresistas Bernie Sanders y Elizabeth Warren, para gran consternación de sus seguidores que votaron por el Partido Demócrata con la esperanza de que alcanzaran un mayor nivel de influencia y autoridad. ¿Quién ha sido elegido en cambio para la Casa Blanca de Biden? Cecilia Muñoz, exdirectora de Asuntos Intergubernamentales durante la administración Obama y defensora de la deportación de familias migrantes, ha sido seleccionada para el equipo de transición del nuevo gobierno. La administración Biden también hará historia al nombrar a la primera mujer al frente del Pentágono, Michele Flournoy, una ex subsecretaria de Defensa para Políticas de la administración Obama, de tendencia "políticamente moderada", que "favorece una fuerte cooperación militar en el extranjero". La prensa capitalista ha ensalzado ambos nombramientos como ejemplos de cómo Biden "rompe barreras", demostrando una vez más que los demócratas sostienen que la guerra ilegal, la tortura y cualquier tipo de opresión son aceptables si quienes la ejercen son diversos. 

Tras estas elecciones, con la mayor participación electoral de la historia estadounidense, debemos analizar con sobriedad el espectáculo, porque Donald Trump, uno de los presidentes más xenófobos, racistas y sexistas de la memoria reciente, recibió la mayor cantidad de votos de cualquier presidente en ejercicio en la historia de Estados Unidos, y sus partidarios, con o sin COVID, con hechos o sin ellos, saldrán a las calles para exigir la permanencia de su petulante expresidente, quien ya se aferra a un clavo ardiendo para quedarse en la Casa Blanca. Y, sin embargo, los demócratas victoriosos no pueden evitar realizar todo tipo de cambios y giros inesperados. Así, se ha vuelto dolorosamente evidente para los trabajadores estadounidenses, en este nuevo repunte de la COVID-19 y con cifras récord de desempleo, personas sin hogar y deuda, que el espectáculo de las elecciones burguesas ya no se puede tolerar, que no se debe seguir dando cabida a la derecha reaccionaria ni transigiendo con ella, y que no se puede seguir ignorando al pueblo.






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