La militarización en México, parte de la fascistización y el fascismo.

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Miembros de la recién formada gendarmería marchan al unísono durante una ceremonia inaugural en 2014 en la sede de la Policía Federal en la Ciudad de México. (Associated Press)

Por el Partido Comunista de México (Marxista-Leninista). Traducido del español.

En los últimos años, México ha experimentado un proceso de militarización sin precedentes en su historia reciente. El gobierno federal ha recurrido cada vez más a las fuerzas armadas para combatir el crimen organizado y mantener la seguridad pública en todo el país.

La militarización en México tiene sus raíces en la consolidación del Estado democrático burgués, con la necesidad de imponer y salvaguardar los intereses de la oligarquía nacional e internacional. En nuestro país, la monopolización del poder estatal por parte de los capitalistas ha propiciado un sistema político autoritario y centralizado en el que el gobierno federal ejerce un control casi absoluto sobre las fuerzas armadas y demás organismos de seguridad. En este contexto, la violencia y la represión política son una constante en la vida nacional.

En la década de 1920, el presidente mexicano Plutarco Elías Calles creó la Policía Secreta, que se convirtió en la Agencia Federal de Investigación en 1939. Durante las décadas siguientes, los gobiernos mexicanos continuaron fortaleciendo el papel de la policía y las fuerzas armadas en la lucha contra el crimen y la violencia, y en la década de 1960, la policía federal y el ejército comenzaron a colaborar en operaciones conjuntas.

La militarización se ha presentado como necesaria para combatir la delincuencia y la violencia depredadora generada por el propio sistema y su descomposición. De hecho, basta con recordar la Guerra Sucia en México para contextualizar el carácter de clase del uso de la fuerza bajo el capitalismo.

La Guerra Sucia comenzó en la década de 1960 y continuó durante las décadas de 1970 y 1980, aunque se intensificó en la década de 1980 como consecuencia de la crisis económica que atravesaba México en aquel entonces. Durante ese período, el gobierno mexicano empleó diversas tácticas para reprimir a las masas trabajadoras y a las organizaciones democráticas y revolucionarias, incluyendo desapariciones forzadas, asesinatos, detenciones ilegales y el uso de la tortura para obtener confesiones falsas. Se estima que, durante la Guerra Sucia, unas 30 000 personas desaparecieron en México.

En 1988, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que había gobernado México desde la década de 1920, ganó las elecciones presidenciales en medio de acusaciones de fraude electoral. Esto provocó una gran indignación en la sociedad mexicana y desencadenó un aumento de las protestas y la resistencia civil. A pesar de que la Guerra Sucia en México terminó oficialmente en la década de 1990, las violaciones de derechos humanos y la impunidad persisten.

La militarización en México también ha estado influenciada por la presión de la oligarquía internacional, como la “Guerra contra las Drogas” liderada por Estados Unidos, que comenzó en la década de 1970. En 2006, el entonces presidente mexicano Felipe Calderón lanzó una ofensiva militar contra los cárteles de la droga, que continuó bajo Enrique Peña Nieto (EPN) y ahora con Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Esto sirvió de pretexto para que los dos primeros gobernaran frente al creciente descontento popular y provocó el rechazo de las masas trabajadoras a la imposición de su posición mediante fraude electoral, y hoy con el segundo para sanear las instituciones burguesas y garantizar la continuidad del capitalismo monopolista de Estado.

En esencia, el gobierno de AMLO ha mantenido la estrategia de la oligarquía financiera desarrollada por Felipe Calderón y el EPN, con algunos matices. Inicialmente, AMLO se presentó con su política de “Abrazos, no balazos”. Esta política pretendía prevenir el crimen y la violencia mediante programas sociales y económicos destinados a mejorar las condiciones de vida de la población, en lugar de simplemente incrementar el uso de la fuerza y la represión. Por el contrario, se creó la Guardia Nacional, una fuerza de seguridad integrada principalmente por militares y policías federales, responsable de la seguridad pública en todo el país. Esta guardia cumplió su función de clase al contribuir al desarrollo del proceso de fascistización, que consiste en el uso de la violencia, abierta o encubierta, por parte del ejército, para prevenir o eliminar, mediante el rechazo, la movilización popular a favor de las políticas de la oligarquía financiera. Esto deja activas y con poder a las organizaciones paramilitares o criminales, que también constituyen el brazo ejecutivo de la clase dominante.

La militarización de México mediante la creación de la Guardia Nacional evidencia su temor a la autodefensa popular, las milicias populares o la policía comunitaria, cualquier formación popular que surja fuera del control del Estado. Estas organizaciones buscan preservar la vida y defender los recursos naturales frente a los megaproyectos en curso y a largo plazo. Estos últimos, por supuesto, pretenden eliminar el proceso de democratización y cambio revolucionario en el país, por considerarlo una violación de los derechos humanos fundamentales de la población. Esta es la solución impuesta por la oligarquía y el imperialismo para preservar y asegurar sus intereses, bajo las condiciones económicas y políticas de la crisis general del capitalismo y de las recurrentes crisis cíclicas. Estas se agudizan cada vez más en medio de la creciente lucha del proletariado. Como ha demostrado la historia, la socialdemocracia sirve al capitalismo y al fascismo, y el régimen de la llamada Cuarta Transformación no es una excepción.

La militarización de la seguridad pública en México tiene graves consecuencias para la población. Esta militarización conlleva un incremento de la violencia institucional y no institucional (por parte de grupos paramilitares con los que no existen acuerdos para operar); de hecho, crea un estado de excepción y de sitio no declarado. Se justifica mediante la seguridad pública y la supuesta “lucha contra el crimen”, que sigue los modelos del imperialismo estadounidense en su lucha contra el narcotráfico. Esto incluso les otorga el poder de intervenir en nuestro país bajo las condiciones que ellos determinen. La presencia de las fuerzas armadas en las calles genera temor y desconfianza entre la población, y ha derivado en violaciones de derechos humanos. Por otro lado, su naturalización es preocupante; junto con la corporativización, puede crear las condiciones para el surgimiento abierto del fascismo impulsado por el giro a la derecha de MORENA [el partido de AMLO] o por el retorno de posiciones de extrema derecha como alternativa.

Por otro lado, durante el gobierno del EPN en México, se propuso una Ley de Seguridad Interna que buscaba regular la participación de las Fuerzas Armadas en la seguridad pública del país, proporcionando un marco legal para su intervención en situaciones de emergencia. Las mismas críticas se dirigen ahora contra la Guardia Nacional. La Ley de Seguridad Interna fue aprobada por el Congreso de la Unión en diciembre de 2017. Sin embargo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró inconstitucionales algunos artículos de la ley en noviembre de 2018, argumentando que violaban los derechos humanos y la separación de poderes. En febrero de 2021, AMLO presentó un proyecto de ley para reformar la Ley de Seguridad Nacional y crear una nueva Ley de Seguridad Interna que buscaba, al igual que la ley del EPN, regular la participación de las Fuerzas Armadas en la seguridad pública y la lucha contra el crimen organizado en el país. La única diferencia radica en que ahora se pretendía brindar claridad y transparencia sobre cómo se pueden utilizar las fuerzas militares en situaciones de seguridad interna, y establecer límites y controles para garantizar el respeto de los derechos humanos.

La militarización forma parte de la tendencia del proceso de fascistización en el país, como lo demuestra el aumento del presupuesto militar. En los últimos años, el gobierno mexicano ha destinado una cantidad creciente de recursos a la seguridad nacional y a la militarización de la sociedad (su participación en la construcción del Tren Maya, la Refinería Dos Bocas, la administración de puertos y aeropuertos, la administración aduanera, etc.). Solo este año, el presupuesto ha aumentado un poco más de 201.300 millones de pesos mexicanos, muy por encima de otros sectores básicos como la educación o la salud.

Pero no solo eso, también está el auge de las posturas de derecha y ultraderecha, y la constante violación de los derechos humanos. La desaparición de líderes sociales es otro factor alarmante que se ha venido presentando en México en los últimos años. Basta con recordar la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la masacre de Tlatlaya, así como el asesinato de periodistas: México es uno de los países más peligrosos para los periodistas. Desde el año 2000, más de 130 periodistas han sido asesinados en el país por motivos políticos por grupos paramilitares o por el llamado crimen organizado.

Finalmente, la continuidad de los programas neoliberales evidencia la tendencia a la fascistización. El énfasis en el libre mercado y la privatización de los servicios públicos en respuesta a la crisis ha generado condiciones que propician una mayor explotación de la clase trabajadora. Esto ha propiciado el surgimiento de una política más reaccionaria por parte de la oligarquía financiera para infundir miedo e intimidar a la organización de las masas.

Se han encontrado manifestaciones fascistas en Perú contra Pedro Castillo; en Bolivia contra Evo Morales; en Brasil contra Lula y Dilma; en Paraguay contra Fernando Lugo; y en Honduras contra Manuel Zelaya, quienes fueron derrocados mediante “golpes blandos”; a través de acciones abiertamente violentas con el uso del ejército, grupos paramilitares (crimen organizado) o terroristas del Estado Islámico (Al Qaeda, etc.). Estos son los instrumentos que ejecutan las políticas imperialistas, como sucede en Haití, Burkina Faso, Tigray, etc.

No debemos perder de vista que el fascismo es la forma más manifiesta del poder del capital financiero; es la organización de acciones terroristas contra la clase obrera, con el único objetivo de asegurar su supervivencia. En palabras de G. Dimitrov (1935):

“El acceso al poder del fascismo no es una sucesión ordinaria de un gobierno burgués por otro, pero un sustitución de una forma estatal de dominación de clase de la burguesía –democracia burguesa– por otra forma –dictadura abiertamente terrorista… Antes del establecimiento de una dictadura fascista, los gobiernos burgueses suelen pasar por una serie de etapas preliminares y adoptar una serie de medidas reaccionarias que facilitan directamente el acceso del fascismo al poder. Quien no combata las medidas reaccionarias de la burguesía y el crecimiento del fascismo no está en condiciones de impedir la victoria del fascismo, sino que, por el contrario, facilita esa victoria..”

Los comunistas tenemos el deber de desenmascarar el proceso de fascistización ante las masas y exhortarlas a luchar contra las medidas reaccionarias que pretenden formalizarlo y normalizarlo en nombre de la paz, revelando así su contenido de clase.






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