En los ámbitos académico, político y religioso, es común escuchar el término “dogmatismo” con connotaciones peyorativas. Muchas personas lo han oído, usado o incluso han sido llamadas “dogmáticas”, y muchos lo emplean con ligereza por diversos motivos. El término “dogmatismo” reviste especial importancia para nosotros, pues no nos referimos al dogmatismo en un sentido específico (que puede entenderse como la valoración de principios por encima de la evidencia y la opinión contraria), sino al dogmatismo en un sentido abstracto, alejado del análisis material. Aplicar el término de esta manera solo puede generar confusión y debilitar los campos de práctica en los que se utiliza.
Algunos detractores del marxismo-leninismo afirman que nuestra perspectiva es estéril, que nos negamos a sacrificar nuestra línea política en aras de la unidad y que nuestra firmeza se asemeja a las doctrinas inquebrantables de los sacerdotes de la Iglesia medieval. Rebatiremos este argumento y demostraremos que el término “dogmatismo” en el discurso político es, en realidad, una calumnia antidialéctica que desvía la atención del análisis materialista objetivo y, en última instancia, perjudica nuestra lucha.
Al analizar la aplicación del término “dogmatismo” al análisis teórico, primero debemos definir qué entendemos por “teoría”. Este término tiene dos definiciones: una social y otra científica. La primera considera que “teoría” es sinónimo de “hipótesis” y puede descartarse fácilmente por carecer de un nombre más formal como “hecho” o “ley”. La definición científica de teoría la define como un conjunto coherente de proposiciones que sirven como principios para explicar un fenómeno tal como ocurre en la realidad.
La teoría marxista concibe la realidad física de forma dialéctica; percibe un mundo lleno de contradicciones que se mueven y evolucionan hasta alcanzar la síntesis en niveles superiores de contradicción. No se trata de una suposición arbitraria basada en los prejuicios de teóricos excéntricos, sino de una ciencia cuyos principios y análisis se ven respaldados por acontecimientos pasados y presentes. El uso de la concepción científica del término teoría rinde homenaje a este hecho, ya que dentro de este marco podemos comprender el dinamismo de la sociedad, más allá de las proclamaciones estáticas e inmutables de la metafísica, y cómo nuestro conocimiento colectivo se expande constantemente gracias al avance de los acontecimientos, la tecnología, las condiciones sociales y las condiciones materiales en constante cambio. La teoría marxista nos proporciona la comprensión más completa del dinamismo de la sociedad en comparación con cualquier otra teoría o filosofía social. Por lo tanto, como ciencia reivindicada para la comprensión social, sin parangón entre sus pares, el marxismo puede entenderse como la mejor aproximación a la verdad de la que disponemos.
El marxismo nos ayuda a comprender el desarrollo de la historia humana como resultado de las luchas entre clases sociales por la distribución y el control de las fuerzas productivas de la sociedad. Explica cómo la riqueza se ha centralizado en manos de un pequeño grupo de capitalistas, mientras que quienes la producen se ven, en última instancia, marginados de ella. Estas características de la historia y de nuestra sociedad actual son realidades que se nos presentan a diario en el capitalismo, a pesar de cualquier idealismo o subterfugio ideológico que se emplee para distraernos de esta verdad fundamental.
El marxismo nos brinda visión de futuro y tareas concretas para comprender y transformar el rumbo de la sociedad, y es, sin duda, la mejor respuesta de la humanidad para entender la explotación y los movimientos sociales. Sin embargo, para los “antidogmáticos”, se trata de una doctrina religiosa obsoleta que aprisiona nuestras mentes y nos priva de nuestra libertad intelectual. ¿Qué revela esto sobre la postura de los antidogmáticos? En esencia, revela que se trata de una lucha contra el propio conocimiento científico.
Por lo tanto, cuando se ve acorralado, el verdadero antidogmático revela su postura de la siguiente manera: a pesar de que su postura esté respaldada por pruebas, es incorrecto aferrarse a ella con tanta fuerza, ya que es moralmente indecente.
Esta perspectiva tiene dos fallos. Primero, exige que ignoremos la verdad en aras de un imperativo moral: que, a pesar de la verdad, sería incorrecto ser tan cerrados de mente. ¿Acaso no es esta la práctica fundamental de la ideología burguesa con quienes la cuestionan? ¿Se ha olvidado que la moralidad está definida por la estructura de clases de la sociedad? ¿Sería sensato ignorar la gravedad y saltar desde lo alto de un edificio porque es moralmente indecente ser dogmáticos respecto a ella?
En segundo lugar, la postura “antidogmática” se revela como “dogmática” en sus percepciones e imperativos morales, pues se muestra inflexible en su defensa de la postura “no dogmática” del eclecticismo y el oportunismo ideológico, sin importar las pruebas que se presenten, y argumenta este punto utilizando las mismas tácticas moralistas que los verdaderos promotores de dogmas religiosos emplearon durante siglos. Utilizar el término “dogmatismo” para denunciar a quienes presentan teorías respaldadas por evidencia reduce la situación a la misma lamentable retórica emocionalista vacía que el “antidogmático” intenta invocar contra sus enemigos, implementada con no menos fervor religioso.
En la llamada “izquierda”, hay quienes se apresuran a tachar de “dogmatismo” a los revolucionarios que se niegan a abandonar la ciencia del marxismo-leninismo como línea política y guía de acción, a pesar de que su teoría haya sido reivindicada por la historia. Algunos grupos se definen por este “antidogmatismo”, argumentando que dar crédito al conocimiento heredado de figuras históricas es un obstáculo para el desarrollo del marxismo y que, por lo tanto, no puede aplicarse a la actualidad.
En esencia, al negarnos a abandonar los dogmas obsoletos y las ideas anticuadas de la ciencia revolucionaria, al negarnos a reinventar la rueda y abandonar los métodos científicos probados para comprender nuestro mundo y transformarlo en favor de un eclecticismo arbitrario, estamos, de alguna manera, frenando el desarrollo de la revolución. Esta postura absurda y anticientífica resulta completamente inútil para la lucha revolucionaria.
Estudiamos historia no solo para comprender los éxitos del pasado, sino también para comprender los fracasos del pasado, de modo que no caigamos en los mismos problemas que enfrentaron las luchas laborales anteriores y podamos abordarlos cuando surjan.
Tomemos como ejemplo la lucha política en Rusia entre el Partido Socialista Revolucionario y el Partido Obrero Socialdemócrata, que comenzó en 1902. Los oportunistas dentro del Partido Obrero Socialdemócrata, en connivencia con los socialrevolucionarios, enarbolaron la bandera de la "crítica al marxismo", lo que llevó a muchos a tildar de "dogma" a los marxistas que se negaban a renunciar a la validez del marxismo en aras de la unidad con los elementos reaccionarios del movimiento obrero ruso de la época. La razón por la que no se sometieron fue que abandonar la línea política de los socialdemócratas revolucionarios por un objetivo temporal significaba precisamente convertirse en oportunistas, limitando así sus tácticas y su rumbo. Sin una línea política coherente, es inevitable caer en la bancarrota política, algo demasiado común en la política moderna. La teoría marxista-leninista es fundamental en la lucha de clases, pues sin su teoría científica que dilucide los problemas reales que enfrenta la clase trabajadora, esta no tiene forma de desarrollar métodos tangibles para alcanzar su libertad política y económica.
Este estigma de “dogmatismo” desilusiona a quienes aún no están preparados para afrontar las complejas disputas que conlleva el desarrollo teórico de la teoría marxista-leninista frente a posturas más retrógradas y reaccionarias. Pero eso es precisamente lo que es el “dogmatismo”: un estigma.
Quienes no lo comprendan corren el riesgo de no querer saber nada del tema y, finalmente, de rechazarlo por completo. “Todo esto”, dicen los antidogmáticos, “para salvar al marxismo de la esterilización”. La situación es precisamente la contraria. Al fomentar este estigma, se permite el abandono de cualquier postura basada en principios y, por ende, se fomenta aún más el oportunismo, que es lo que realmente esteriliza al movimiento obrero aquí y en todo el mundo, tal como siempre lo ha hecho el manto del “antidogmatismo”. La práctica política por sí sola no basta para emancipar a la clase trabajadora; la lucha ideológica es fundamental, especialmente en una época en la que el revisionismo está en auge.
Abandonar el marxismo-leninismo por considerarlo dogmático es una traición flagrante a la clase trabajadora, pues implica un intento deliberado de ignorar la realidad. Esto es precisamente lo que pretenden quienes se oponen al dogmatismo. Al plantear la cuestión de esta manera, queda claro que el estigma del dogmatismo recae sobre la clase que no quiere que la clase trabajadora vea la verdadera naturaleza de la sociedad que la esclaviza; la clase que no quiere ver amenazada su posición privilegiada, sostenida por el sudor de la clase trabajadora: los explotadores del trabajo.
Haríamos bien en expresar nuestra opinión, en beneficio de los antidogmáticos, de que el marxismo-leninismo no es un dogma, ni es comparable a la religión por su carácter procientífico.
Es comparable a la religión en la medida en que es una ideología en la que la gente cree, difunde y se organiza, pero esto es cierto para cualquier ideología. Podríamos reprochar a los antidogmáticos la misma acusación: “¡Vuestro fetichismo por la liquidación ideológica es similar al comportamiento de los predicadores religiosos!”, y tendría el mismo peso (o falta de él).
La diferencia entre nosotros y los ideólogos religiosos (casualmente, también los antidogmáticos) radica en que las organizaciones religiosas funcionan exclusivamente desviando la atención de la gente de las verdaderas condiciones que la aquejan. Uno de los principios más básicos del marxismo-leninismo, en cambio, es que el cambio es omnipresente e inevitable, por lo que nos vemos obligados a estar atentos a los acontecimientos y sus particularidades, a observar las condiciones reales.
Estamos más que dispuestos a adaptar nuestra ideología si en el curso de la lucha descubrimos que hemos juzgado mal la situación; solo entonces podremos decir que nuestra aplicación de nuestra teoría rectora es errónea. Esto no significa que la degradaremos hasta el punto de adoptar ideas y métodos retrógrados que ya han demostrado ser infértiles considerando la experiencia internacional e histórica. A menos que los antidogmáticos puedan refutar la ideología, debemos desechar el fantasma del "dogma" en abstracto y afirmar con valentía, como lo hicimos, que en nuestro artículo sobre Mitos acerca del marxismo-leninismo:
“En este punto, debemos confesar que somos dogmáticos, pues insistimos en la revolución comunista mundial, en el establecimiento de una dictadura del proletariado y en seguir el marxismo-leninismo, el método revolucionario que ha sido probado y demostrado como el pilar teórico del proletariado frente a las fuerzas del capitalismo, el imperialismo y el revisionismo. En resumen, somos dogmáticos en nuestra intención de vencer, y toda nuestra ideología y actividad se ajustan a las exigencias de dicha intención.”

